115 / ENE-JUN 2026

Más allá de los Populismos de izquierda y derecha: un intento de acercamiento complejo a la coyuntura política

La radiografía política del país en las recientes elecciones, dividido casi en dos mitades iguales, oculta la profunda heterogeneidad y enorme fragmentación de ambos grupos, cuyos diversos componentes confluyen en la supuesta polarización del país frente a la aprobación o el rechazo de Petro y Uribe Vélez por parte de la opinión pública, dinámica que se vio reeditada en la actual coyuntura por Cepeda y De la Espriella.  

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Sin embargo, esta polarización se redujo a la descalificación mutua entre los adversarios, sin dar lugar a una discusión sobre las concepciones y políticas de fondo de los candidatos. Tampoco se consideró el sentido político de la movilización social que está detrás de esas políticas, tanto de la “irrupción de la muchedumbre” en apoyo a las propuestas de Petro, como de la reacción en contra de ellas por parte de la “otra mitad del país”, en torno a Abelardo de la Espriella. Asimismo, no tuvo en cuenta el contexto político del desdibujamiento casi total de la tradicional hegemonía de los partidos tradicionales y de sus facciones, que crearon un escenario favorable para el surgimiento de caudillos de corte personalista y mesiánico, como Uribe Vélez, Hernández, Petro y De la Espriella. 

La novedad política de Petro: la expresión de la desigualdad y exclusión social.

En ese nuevo escenario político, este artículo parte de la caracterización que hace Humberto de la Calle del significado de Petro en la vida política nacional, como una reedición modernizada del gaitanismo: según él, su programa recogía y modernizaba “la rabia y la indignación” popular de 1948, pero dándole un contenido más universal, centrado en el cambio climático y en unos “enrevesados diagnósticos” que desnudaban las “grandes falencias de nuestra sociedad”; poe  eso, su mensaje a los jóvenes, desposeídos, indignados y a la vez esperanzados, convirtió a Petro en “un hecho de nuestra realidad política”, que seguiría vigente después del 2026. (Entrevista a Lombo 2025, p. 1.9).

En ese sentido, podría afirmarse que el proyecto político de Petro pretendía dar forma orgánica a las ansiedades confusas de las masas populares, apelando, inicialmente, a una coalición amplia de sectores progresistas involucrados en un proyecto de cambio, de carácter un tanto general y difuso, pero cuyos intentos de concreción evidenciaron concepciones muy distintas del cambio que se pretendía y de las estrategias para lograrlo. 

Las diferencias de las movilizaciones de López Pumarejo y Gaitán

Para aclarar esas referencias a la movilización de Gaitán y la asociación que Petro hacía con las propuestas reformistas de la República Liberal de López Pumarejo, conviene señalar las enormes diferencias entre las movilizaciones de ambos personajes. López Pumarejo convocaba al Partido Liberal a asumir la bandera del cambio social y de las reformas sociales y políticas de corte modernizante y secularizante, que significaban un mayor intervencionismo estatal en la economía, pero muy concertado con las organizaciones gremiales y los sectores sindicalizados asociados al Partido Liberal (Pécaut, 1987 y 1994).

En cambio, la movilización popular de  Gaitán representaba una ruptura con el modelo de ese mandatario mediante la desoligarquización de la vida política, apoyándose en los trabajadores sindicalizados y artesanos, en contra de las directivas de la CTC, asociadas con el sector oficialista del Partido Liberal y criticadas por Gaitán como parte del “país político”, en vez del “país nacional” que él encarnaba (Pécaut, 1987 y 1994; Green, 1996 y 2003).De esta coalición hacían parte importante sectores de las clases medias en ascenso de las ciudades grandes e intermedias, que no se veían expresadas por la organización del Partido Liberal (Guerra, 2020).

Al parecer, Petro parecía querer combinar el intento de fortalecimiento estatal de López con la concreción del descontento de las masas que había representado Gaitán mediante reformas sociales como la agraria, laboral, pensional y de la salud, que, obviamente, el caudillo nunca pudo presentar, porque su asesinato impidió su acceso al poder. Para eso, apelaba no solo a la mayoría de las directivas y bases sociales del sindicalismo organizado, sino también a las organizaciones indígenas y otras organizaciones sociales. Al tiempo, lograba superar el canibalismo tradicional de los grupos de izquierda e intentaba canalizar los esfuerzos organizativos de algunos de los participantes del estallido del 2021 y de proyectarse en las organizaciones formales e informales de los barrios resultantes de la urbanización periférica y espontánea de las ciudades grandes e intermedias.

¿Un populismo armado de enfoque socialdemócrata?

Al lado de esos grupos, para la segunda vuelta de las elecciones de 2022, Petro apeló a los sectores progresistas de los partidos tradicionales y grupos de izquierda opuestos a la lucha armada, para construir un nuevo país, basado en la justicia social. Esto significaba una concepción más pluralista de la democracia, muy distante de la mentalidad dicotómica y maniquea, tanto del Populismo tradicional de los años cincuenta, basado en la dicotomía entre “el Pueblo” y “la Oligarquía, como de su reinterpretación más reciente de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, como estrategia discursiva de construcción de la frontera política entre ellos (Mouffe, 2018, p. 17). Asimismo, se separaba de su correspondiente concepción bipolar de la sociedad que la divide en dos bandos irreconciliables, “los de abajo” contra “los de arriba” (Laclau, 1978 y 2005).

Para esa apelación más pluralista, Petro se presentaba, en su autobiografía, como partidario de un populismo armado, no marxista sino capitalista, de orientación socialdemócrata al estilo europeo, que identificaba con el populismo latinoamericano de la primera mitad del siglo XX, que, según él, se basaban ambos en una alianza de clases entre empresarios y trabajadores, con un énfasis en el desarrollo de los capitalismos nacionales[1].

En ese sentido, mostraba cómo había ido tomando distancia del guerrerismo predominante en el M-19 de Carlos Pizarro y Carlos Alonso Lucio y, mucho más, del enfoque militarista de las FARC-EP, al tiempo que tendía a identificarse con los intentos de movilización social de los barrios por parte de la ANAPO, sobre todo de su facción de ANAPO socialista (Petro, 2021, pp.123-127.; López, pp. 34-35, 63-69).

Sin embargo, Petro no parecía ser consciente de las consecuencias concretas de la heterogeneidad interna de la coalición que proponía, que se reflejaba en  las diferencias de ritmo de los grupos de carácter tecnocrático, cuyo acercamiento de carácter acumulativo y gradual a los problemas con una mirada de largo plazo y su experiencia administrativa contrastaba con la aproximación totalizante y la mirada de corta duración de los petristas de línea dura, que se veía agravada por su inexperiencia en asuntos prácticos del gobierno, que dificultaba la implementación de sus ideas generales.

Obviamente, la mayoría de los expertos, de estilo un tanto elitista, se habían ido formando en el modelo de modernización selectiva del Estado, que caracterizaba tanto a las reformas administrativas y políticas de Lleras Restrepo como a sus intentos fallidos de modernización de la membresía del Partido Liberal. Estas políticas respondían a la necesidad de un manejo técnico y despolitizado de las finanzas estatales, centrado en el Ministerio de Hacienda y Planeación Nacional, que coexistía con el manejo político del Ministerio de Gobierno (hoy del Interior) de las relaciones del ejecutivo con el Congreso. En este esquema, el Congreso era despojado de la iniciativa en el manejo del gasto público [2], lo que se compensaba con el otorgamiento de auxilios parlamentarios para las regiones que representaban los congresistas. (Bejarano y Segura, 2021). 

El problema de fondo del gobierno de Petro

Por eso, la incomprensión de la heterogeneidad de su coalición inicial hizo que el problema central del gobierno de Petro no fuera, como él ha venido sosteniendo reiterativamente, llamar a ser parte de su gabinete a José Antonio Ocampo, Cecilia López, Alejandro Gaviria y Jorge Iván González, sino  interpretar su victoria electoral en 2022 como “un cheque en blanco” que apoyaba su interpretación personal del cambio social prescindiendo de las concepciones distintas de otros miembros de la coalición que lo había llevado al poder.

Esta heterogeneidad explica los logros iniciales de su gobierno en la aprobación de la reforma tributaria, la tramitación del Plan Nacional de Desarrollo y el ambiente favorable frente a las reformas laboral y pensional, pero también la ruptura de la coalición por causa de la propuesta de la reforma a la salud, con sus consecuencias posteriores para las relaciones con el Congreso y las Cortes, y sus choques con los gremios empresariales implicados.

El punto de quiebre se presentó en la discrepancia en torno a la propuesta de reforma de la salud de la ministra Carolina Corcho, contra el parecer de sus colegas de gabinete, criticada por Alejandro Gaviria, que había sido ministro de Salud en los gobiernos de Santos, como una sobresimplificación del problema, que lo reducía a “la presencia del sector privado en la administración de los recursos públicos del aseguramiento en salud”, lo que traía consigo una única solución: “la centralización de los recursos en una sola entidad pública (Gaviria, 2023, p. 93).

Esto confirmaba sus sospechas de que las posiciones asumidas por el Presidente contra las alianzas entre el sector público y el privado, en asuntos como la salud, servicios públicos, infraestructura y educación, obedecían a que era guiado, no por un análisis empírico de costos y beneficios, sino por “una aversión ideológica”, que lo lleva a considerar que el ánimo de lucro del sector privado es incompatible con los derechos sociales (Gaviria, 2023, pp. 61-64).

La cruzada contra la tecnocracia

A esta aversión ideológica se sumaba la desconfianza de Petro, derivada de su experiencia como alcalde de Bogotá, frente al papel de los llamados tecnócratas, cuyo carácter antidemocrático y elitista los llevaba a tomar decisiones en políticas públicas sin contar con la población (Petro, 2021, pp. 285-287)[3]. Según Gómez Buendía, esa desconfianza de Petro obedecía a un sesgo epistemológico que consideraba el conocimiento experto como un dispositivo que encubre y legitima la injusticia, presente en los economistas, los ambientalistas de escritorio y los técnicos de Planeación Nacional, y la Junta del Banco de la República, que consideraba que estaban al servicio de los poderosos, banqueros y rentistas. Se trataba, en palabras de Gómez Buendía, de “una desconfianza sistemática hacia la racionalidad moderna, que considera cómplice del despojo, de la exclusión y del fracaso civilizatorio”, que lo inscribe “en una tradición posmarxista,  posmoderna y poscolonial” (Gómez Buendía, 2026, pp. 65-66). 

Y tal vez el caso más diciente de esa tendencia es el distanciamiento de Petro frente al Plan Nacional de Desarrollo, elaborado por el Departamento Nacional de Población bajo la dirección de Jorge Iván González, que rechazaba por considerarlo de carácter neoliberal, sin explicar el porqué de esa identificación, ni tampoco qué entendía por neoliberal.

Sin embargo, eran claras las diferencias entre la mirada de mediana y larga duración del Plan, de carácter estructural y gradualista, centrado en el ordenamiento del territorio y la superación de las desigualdades regionales, y las propuestas cortoplacistas de Petro, más centradas en el fortalecimiento del control estatal directo de entidades con cierto carácter mixto para evitar el predominio de agentes privados en materias como la salud, la educación, las políticas energéticas, las obras públicas, los fondos del café y hasta la impresión de pasaportes.

Por otro lado, esa desconfianza tenía como contraparte los nombramientos de activistas de su confianza, ligados a su militancia en el M-19 y otros sectores de izquierda o antiguos colaboradores en su alcaldía de Bogotá, en los cargos administrativos usualmente reservados a técnicos, que parecían obedecer a un intento de repolitización de la administración pública. Pues, Petro consideraba, como señalaba Juanita León, que las normativas y procedimientos de esos expertos hacían que el principal obstáculo de su gobierno se encontrara en su propio interior porque habían sido elaborados por personas ajenas a las que le dieron el triunfo a “su proyecto”. De ahí su temor, expresado en los discursos de su correría por el Pacífico en 2024, de que su gobierno se dejara “dominar del tecnócrata de abajo”, que, además, se mueve por “intereses escondidos”. (León 2024).

Por eso, Petro tendía a poner la administración pública en  manos de activistas políticos ligados a “su proyecto”, cuya mirada cortoplacista despertaba la crítica de los expertos,[4] mientras que su incapacidad para concretar las ideas de Petro en el plazo que él exigía llevaba a continuos reproches del Presidente a sus propios funcionarios, así como a su frecuente relevo, que perjudicaba aún más la implementación de sus proyectos, al dificultar la configuración de un equipo técnico de colaboradores que interpretara e implementara el “proyecto de cambio” de Petro, un tanto difuso, en proyectos concretos viables técnicamente.

Las consecuencias políticas de la ruptura de la coalición progresista

La priorización de la reforma de la salud significó pasar por encima de otros proyectos tal vez más urgentes, como la creación de la jurisdicción agraria, el fortalecimiento de los derechos del campesinado y las reformas laboral del sistema pensional, que parecían tener un ambiente favorable, con algunos matices, en el Congreso. Con la ruptura de la coalición original, esos proyectos fueron encontrando el boicoteo sistemático por parte de la oposición en el Congreso, muy ligada a las opiniones de los expertos económicos de los gremios (esos sí de enfoque neoliberal), pero también de algunos sectores de las Cortes, que evidenciaba el funcionamiento eficaz del sistema de pesos y contrapesos previsto en la Constitución y las leyes vigentes.

Esta actitud negativa de la oposición política y de la mayoría de los intereses gremiales fue criticada por la exministra Cecilia López, cuando señalaba las contradicciones de Petro, cuyo discurso defendía el trabajo conjunto entre el Gobierno y el sector privado, mientras que sus propuestas concretas lo contradecían. Estas dificultades aumentaban por la actitud maniquea de algunos miembros de su equipo, que dividía al mundo entre buenos y malos, pero también por la tónica negativa de los empresarios. Esta tónica resultaba contraproducente porque hacía sentir a Petro como acorralado, lo que, asegura ella, no se puede hacer con “un mandatario con una personalidad tan fuerte como la de Petro”. (Riaño, 2023, p. 1.17)

La búsqueda de la gobernabilidad perdida

Ese ambiente negativo de ambas partes llevaría a que los años posteriores del gobierno de Petro fueran a estar marcados por sus intentos de recuperar la gobernabilidad perdida por la ruptura de la coalición y de contrarrestar los controles del Congreso y las Cortes mediante el continuo llamado a la movilización popular en respaldo a sus propuestas, con las marchas populares y los plazoletazos. Pero, también con la amenaza de una asamblea constituyente y la consulta popular como recurso al poder constituyente permanente como representante de la soberanía del Pueblo.

Sin embargo, estas apelaciones a la presión popular se combinaban con llamados al acuerdo nacional con gremios y grupos políticos y, especialmente, con los intentos de negociación con el Congreso, alternando entre las discusiones en bloque con las bancadas y las negociaciones al menudeo con los congresistas individuales, para buscar salidas al sistema de pesos y contrapesos de la institucionalidad de la democracia representativa.

Sin embargo, el estilo de estas combinaciones variaría según el talante del ministro de turno en el Ministerio del Interior, y de su capacidad de negociación con congresistas individuales, que dependía de sus relaciones previas con su grupo político de origen. También reflejaba la mirada oportunista de corto plazo de esos congresistas, que recurrían al intercambio de favores con la burocracia estatal para consolidar su poder en el orden local, en una dinámica que terminaba favoreciendo el cesarismo del Estado central.

Sin embargo, el fracaso de buena parte de los proyectos del Gobierno en el Congreso, con algunos éxitos parciales como el de la reforma laboral, —en el que la presión popular obligó a los sectores de la oposición a resucitarla bajo la amenaza de una convocatoria a la consulta popular— significó el regreso de Petro a la mirada bipolar clásica de los populismos, que se reflejaba en su concepción de la relación del Estado central son los sectores privados.

Y se vio reforzado por un lenguaje de denuncia contra los sectores oligárquicos señalados como descendientes de esclavistas y oligarcas opresores, que reproducía los discursos de la lucha de clases de la izquierda de los años setenta y ochenta, actualizados con la crítica más reciente al neoliberalismo, que se combinaba con el rechazo “a los nuevos esclavismos”. Por eso, en su convocación a la participación popular el primero de mayo, recalcaba que pronunciaba su discurso, desde el balcón del Palacio de Nariño, un espacio antes reservado a “oligarcas, narcotraficantes muchas veces, bandidos que se quedaban con el dinero” (El Nuevo Siglo, 27 de marzo de 2023).

Finalmente, el agotamiento de estos intentos fue llevando a una nueva etapa del gobierno, centrada en preparar el camino para asegurar la permanencia futura de su proyecto más allá de su período presidencial, por medio de ajustes del gabinete con la llegada de Benedetti al Ministerio del Interior, que se marginaba un poco de las negociaciones con el Congreso, para concentrarse en la organización de la movilización popular en las regiones y ciudades consideradas más afines al proyecto de Petro, al lado de un esfuerzo por cohesionar a las diferentes tendencias del Petrismo.

La evolución gradual del pensamiento político de Petro

Esos cambios representan un punto final de la evolución gradual de las políticas del proyecto de Petro, desde la ruptura de la coalición inicial de diferentes grupos progresistas hasta su regreso a las concepciones del populismo de Laclau y Mouffe, pero reforzado ahora con matices posmodernos y poscoloniales. A esto se sumaría un estilo de relación con el Congreso, las Cortes, los medios de comunicación y los partidos tradicionales, cercano a la manera como Napoleón III recurrió  a los plebiscitos para evitar los pesos y contrapesos del legislativo y de la vida política. Esta semejanza es señalada por Pierre Rosanvallon, en su anatomía del populismo donde sostiene que es estrategia bonapartista suponía que la soberanía del Pueblo se veía mejor representada por la democracia plebiscitaria directa que por la democracia representativa de estirpe liberal, que traía consigo los pesos y contrapesos del Poder Legislativo, la intermediación de los partidos y la opinión pública representada en los periódicos de los sectores dominantes (Rosanvallon, 2020).

Sin embargo, esta cercanía al populismo bonapartista estaba compensada de alguna manera, en el caso de Petro, por una intensa movilización social, que expresaba “la irrupción de la muchedumbre” en la escena pública[5], que supera ahora los marcos clientelistas de subordinación de las masas populares que había neutralizado los intentos populistas anteriores en Colombia (Mouzelis,1995[6]), para ilustrar la necesidad de interpretar esos fenómenos desde la interacción del llamado personalista del líder populista con el ascenso social de las clases subordinadas.

La evolución del pensamiento político de Petro se hace evidente en sus posiciones sobre las convocatorias de constituyente y consulta popular, que podían adivinarse por sus opiniones sobre la Constitución de 1991. Según Petro, la alianza entre Gómez Hurtado y Navarro Wolff como presidentes de la asamblea, había dejado colar en su texto unos artículos transitorios de corte neoliberal, introducidos por César Gaviria, el ministro de Gobierno de esos años, como la independencia del Banco de la República y la privatización de lo público, que abrió “las puertas a la competencia y a la privatización de todos los servicios públicos en el país” (Petro, 2021, pp.178-179).

Estas opiniones ya preludiaban el contenido de las propuestas de reforma de Petro y su distanciamiento frente al modelo mixto de economía de la social democracia, pero no se reflejaban claramente en sus posiciones frente a la posibilidad de la convocatoria de la constituyente, cuyos contenidos parecían irse perfilando al vaivén de las discusiones con expertos constitucionalistas y políticos de diversas vertientes.

Así, empezó por señalar que el problema consistía en que la Constitución de 1991 nunca se había aplicado, sino que lo que se adoptó Fue “un régimen mafioso”, basado en “una alianza entre el poder político” con “sectores del Estado”, cuya manera paramilitar impuso un régimen de facto, que dejó “200.000 colombianos muertos”, en “lugar de construir el Estado social de derecho que proponía”. Según él, la culpa no había sido de la Constitución sino del régimen político generado por las instituciones creadas después, que no permitió su implementación, como se vio confirmada por la denuncia valerosa del Congreso y de la Corte de “la infiltración de todas las mafias” en las leyes posteriores a la Constitución de 1991”. (Entrevista a Mompotes, 18 de marzo de 2024)

De ahí que sostuviera que “los poderes instituidos” de las instituciones no eran coherentes con “el poder constituyente”, expresado en la Constituyente, sino que se oponían a su expresión, por estar “fuertemente penetrados por el régimen de corrupción”. Por eso, opinaba Rodrigo Uprimny, se trataba de “una teoría constitucional singular”, que pretendía hacer una reforma constitucional para hacer cumplir la Constitución vigente. (Lombo, 2024, p. 1.7).

Luego, cuando las críticas de los expertos le hicieron ver que la Constituyente no podría ocuparse de políticas concretas como las reformas que proponía, sino de cambios estructurales de la organización del Estado, Petro trató de precisar, de manera improvisada, un temario de seis puntos, la mayoría de los cuales podrían desarrollarse sin un cambio constitucional. Sin embargo, había una clara insistencia en dos puntos que consideraba esenciales: la independencia del Banco de la República y la capacidad que la Constitución de 1991 otorgaba a los órganos de control para sancionar funcionarios elegidos popularmente. A esos temas añadía el reordenamiento territorial y el cambio climático, que no se habían tocado en la Constitución de 1991. 

Al lado de estas precisiones, Echeverri Uruburu señala dos problemas de fondo de la propuesta de Petro: el Pueblo soberano al que acudía estaba compuesto no solo por sus seguidores sino también por sus opositores; y las normas existentes obligaban a que una decisión popular a favor de una constituyente tendría que ser aprobada de todos modos por el Congreso. Según este constitucionalista, Petro confundía, apoyándose en Antonio Negri, el concepto del pueblo como constituyente primario, —que puede decidir convocar o no a una constituyente—, con la asamblea constituyente, como órgano elegido por el Pueblo, que delega en ella la redacción del nuevo texto, dada la imposibilidad de que todos los ciudadanos intervengan en esa tarea. (Orozco, 2024, pp. 8-9).

Al parecer, la apelación continua de Petro a la movilización popular se basaba en la idea de la permanencia del poder constituyente del Pueblo, que no se limitaría a aprobar o reformar la constitución ocasionalmente, sino que podría continuar interviniendo permanentemente, sin estar sometido a norma alguna previa. Esto implicaría una evolución hacia un estilo de democracia directa, con la posibilidad permanente de la intervención de las masas en apoyo de sus reformas por medio de plebiscitos continuos, cabildos locales o comunitarios, que parecían reflejarse en la propuesta de la composición de la eventual constituyente, que combinaría miembros elegidos por elección popular con representantes de las comunidades campesinas, negras e indígenas[7].

En contra de esta concepción, Humberto de la Calle aclaraba que la idea del poder constituyente sin controles solo operaba en momentos nodales, como la Revolución francesa, muy distinta del ejercicio refrendatorio permanente de Suiza. Por eso, a medida que se va desarrollando el Estado de derecho, va desapareciendo la idea del constituyente primario, ya que el Pueblo es un órgano ya constituido, que cumple funciones reguladas (Neira, 2024, p. 1.4).

Esta evolución del pensamiento político de Petro despertaba las inquietudes de expertos juristas y analistas de sectores democráticos, preocupados por estos intentos de saltarse los canales institucionales, que parecían preludiar cierto sesgo cesarista. Y mucho más, el regreso de Petro al lenguaje del populismo tradicional, de estilo estigmatizante y antioligárquico, combinado con el discurso de la lucha de clases de la izquierda de los años setenta y ochenta, reforzado ahora por los enfoques más recientes del posmodernismo y anticolonialidad, cuando fue haciéndose consciente de sus diferencias con los grupos tecnocráticos de corte social demócrata de su coalición original.  

Otros motivos de preocupación eran también la actitud intransigente de algunos sectores de la oposición frente a sus propuestas de reformas y la mirada cortoplacista de algunos grupos gremiales y sus expertos, reacios a medidas como el alza del salario mínimo y la reducción de la jornada laboral, junto con la oposición cerril de algunos grupos fundamentalistas de derecha a los acuerdos de paz y los mecanismos de justicia transicional, como la JEP.

Este rechazo se reforzaba ahora por los fracasos en la implementación de la llamada Paz Total, a la que se responsabilizaba del aumento de la inseguridad urbana y de la expansión de los grupos armados ilegales en zonas periféricas o débilmente integradas a la lógica del Estado central. A ello, se sumaban las denuncias de corrupción en varias entidades estatales y la crisis del sistema de la salud, empeorada por los intentos estatales de reforma y su intervención en varias EPS, y la preocupación por la estabilidad de la economía nacional.

¿La recuperación del orden perdido?

Esas limitaciones y fallas de algunas de las políticas de Petro fueron hábilmente explotadas por la propaganda mediática de Abelardo de la Espriella, que logró ir consolidando una nueva coalición populista de sectores de derecha, más cercana a las tendencias conservadoras del orden mundial, lideradas hoy por Trump. En ella confluían sectores fundamentalistas del antiguo Partido Conservador con  herederos del Uribismo, —que había combinado su  apelación populista a las masas con la negociación con los gremios y políticos tradicionales—, y antiguos funcionarios del gobierno de Duque (considerado por algunos como el verdadero triunfador en la elección de De La Espriella, con su obsesión de volver trizas los acuerdos de paz), junto al populismo fundamentalista de sectores del cristianismo evangélico, que reasumían la lucha antimoderna que la Iglesia católica había abandonado en el Vaticano II. 

A estos sectores populistas se sumaban sectores preocupados o desencantados de las propuestas reformistas de Petro, pero también algunos sectores democráticos de la política tradicional y de las Altas Cortes, genuinamente comprometidos con la defensa de la institucionalidad, cuyos pesos y contrapesos mostraron su eficacia frente a las maniobras de Petro para desconocerlos.

Esta confluencia de sectores y enfoques tan diversos parecía evocar una imagen mítica de la Historia, que supone la necesidad de recuperar el ideal de una edad de oro, perdida por el complot de agentes malignos, que reclama la intervención de un salvador mesiánico, que restaurara el orden y “los valores perdidos” (González, 1991).

 Así, en nombre de la defensa de la institucionalidad y estabilidad económica, amenazadas por las políticas de Petro, se planteaba la necesidad de la recuperación de la seguridad y la lucha anticorrupción por medio del fortalecimiento de la capacidad de la justicia, las fuerzas armadas y policiales. Y se olvida que la situación anterior distaba mucho de ser idílica, ya que la enorme desigualdad social y económica que golpeaba a las grandes masas de las ciudades y el campo no había comenzado con Petro, que no hizo más que interpretar políticamente la indignación y el descontento para visibilizarlo, canalizarlo y representarlo en el escenario público, pero sin lograr tampoco concretarlo en proyectos viables de transformación.

Por eso, el desafío que plantean tanto el apoyo masivo a la gestión de Petro, manifestado en las encuestas favorables de opinión, como la coalición neopopulista que generó como su espejo, es la necesidad de un proyecto nacional de reconciliación, que responda a la necesidad de un cambio profundo de nuestra vida política.

Más allá de las descalificaciones maniqueas de los populismos de derecha e izquierda, centradas en la mutua descalificación de los contrarios, habría que reconocer las desigualdades sociales, que se expresaron en el estallido social de 2021 y en los apoyos masivos a las políticas de Petro. Para eso, habría que diseñar proyectos viables de reformas graduales de carácter acumulativo, al estilo de las sugerencias de Hirschman (1964 y 1973), que aprovechen la experticia acumulada de los tecnócratas, que deberían superar su acercamiento elitista a los sectores populares para aprovechar sus conocimientos tradicionales para la construcción conjunta de un país donde quepamos todos.

Referencias  

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[1] Gómez Buendía hace notar que esta asimilación de Petro evidencia el desconocimiento de las circunstancias históricas en que surgieron tanto los Estado europeos de bienestar como los movimientos populistas del Cono Sur, pero también señalando las profundas diferencias con el caso mexicano, con su revolución, reforma agraria antilatifundista y el manejo corporatista del PRI. (Gómez, 2026, pp. 88-97),

[2] En el mismo sentido se creó, en la Constitución de 1991, la Junta del Banco de la República, como entidad independiente del ejecutivo, para evitar el manejo político de la política monetaria.

[3] Los problemas del elitismo de los sectores tecnocráticos asociados al llamado centro político han sido criticados por algunos comentaristas como Gustavo Duncan y Álvaro Forero, que señalan su mirada predominantemente centralista y su desconocimiento de las particularidades regionales y locales, que destacan los políticos tradicionales de esos ámbitos.

[4] A lo que se sumaban las frecuentes denuncias de corrupción contra los noveles funcionarios, que mostraban que el ánimo de lucro personal no se presentaba únicamente en la empresa privada.

[5] Señaladas por trabajos de Medófilo Medina (1984 y 2022), Mauricio Archila (2003) y el libro reciente del CINEP sobre el estallido social del 2021

[6] Esta alusión recoge la comparación entre los modelos clientelista y populista de integración popular, desarrollada por Mouzelis, con base en los casos de Argentina, Brasil y Grecia (Mouzelis, 1995)

[7] Sería interesante comparar esta composición corporativa popular con las propuestas de la reforma de Laureano Gómez,  de carácter más gremial y representación de la Iglesia católica, e incluso con la relación del PRI mexicano con los gremios y sindicatos .

Imagen de encabezado: último discurso público del ex-presidente Gustavo Petro al pueblo colombiano. Fotografía de Presidencia de la República.