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Elecciones locales, ¿un camino hacia la paz? – Revista Cien Días
Política

Elecciones locales, ¿un camino hacia la paz?

EDICIÓN 97 OCT-DIC 2019

Por: Equipo de Comunicaciones Cinep/PPP1Apoyo periodístico: Deivyd Manrique y Lida Bocanegra, practicantes. Edición: Mónica Osorio Aguiar, comunicadora social, periodista; coordinadora del equipo de Comunicaciones del Cinep/PPP.

El pasado 27 de octubre Colombia vivió las primeras elecciones locales, después de la firma del Acuerdo de Paz, en las cuales participó el partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común; y adicional a esto, se hizo efectivo el estatuto de oposición. Si bien, el contexto electoral ha sido el más tranquilo en la historia reciente, preocupan las dinámicas regionales de violencia dirigida a candidatas/os así como el futuro de la implementación de los acuerdos, ya que la paz no fue protagonista de las campañas electorales. Sobre este tema y otros más, la revista Cien Días vistos por Cinep habló con varios expertos; aquí sus análisis sobre estas elecciones.

Cien Días: ¿Qué papel tuvo la violencia en estas elecciones?, ¿cómo la podemos interpretar?

Silvia Otero.
Doctora en Ciencia Política y profesora de la Universidad del Rosario

Las distintas mediciones de la Misión de Observación Electoral (MOE) y del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) registraron definitivamente un aumento de la violencia política. Según el CERAC, esta creció un 45 %, pasó de 104 a 145 incidentes, y subieron sobre todo las amenazas. El homicidio contra candidatos y simpatizantes se mantuvo estable, pasó de 33 a 35. Lo que más ha aumentado es la violencia letal contra otros tipos de liderazgos, es decir, los liderazgos sociales y comunales; esto sí definitivamente aumentó muchísimo en estas elecciones, pero también se observa que la violencia contra líderes políticos, sociales y comunales está muy concentrada en los departamentos de Cauca, Antioquia, Nariño, Norte de Santander y Valle, lo cuales concentran el 60 % de todos los asesinatos contra líderes sociales, comunales y políticos.

“Estas fueron unas elecciones pasadas por violencia, la cual estuvo muy concentrada en los departamentos de Cauca, Antioquia, Nariño, Norte de Santander y Valle.”

Llama la atención el Cauca y Arauca, donde se concentra la violencia contra ambos tipos de liderazgos: líderes sociales y políticos. El caso de Cauca es más impresionante, pues es en este departamento donde hay una prevalencia muy importante del homicidio. Todo esto indica que estas fueron unas elecciones pasadas por violencia, la cual estuvo muy concentrada en los departamentos de Cauca, Antioquia, Nariño, Norte de Santander y Valle.      

Camilo Vargas
Coordinador del Observatorio Político de la MOE

Hay distintas formas de violencia asociadas a las elecciones. Una, que tal vez es de las que más hablan los gobiernos, es la afectación de los grupos armados ilegales sobre la logística electoral, y en esa medida estas elecciones siguen siendo mucho menos violentas que las de años anteriores, tanto las del 2018 como las del 2019. Este año solo hubo un puesto de votación trasladado a la cabecera municipal en La Macarena, Meta, por algún evento asociado al conflicto; eso es mínimo a comparación de lo que pasaba antes. Es cierto que cada vez tenemos elecciones más ‘pacíficas’ desde este punto de vista.

Sin embargo, hay otra manifestación de la violencia, que es la que en la MOE llamamos violencia política, y la entendemos como la violencia contra los representantes democráticos; es decir, líderes políticos, sociales y comunales que ejercen ese rol de representación e incluso funcionarios de alto nivel, electos o no electos, como personeros, jueces, fiscales y secretarios. Esa violencia, por ejemplo, fue mayor en 2019 comparada con 2015; y también fue mayor en 2018 con relación a 2014. Esto nos parece preocupante: mataron más candidatos este año que hace cuatro. De hecho, el inicio de las campañas fue supremamente violento, estaban asesinando un candidato semanalmente durante la mitad de la campaña electoral, hasta que el gobierno reaccionó con un plan de contingencia eficaz pero supremamente costoso, que fue tratar de ponerles esquemas de protección a los candidatos. Para entonces la MOE ya había advertido que eran necesarias acciones preventivas porque por alguna razón, a pesar del fin de la guerra con las FARC y del proceso de paz, esa violencia más puntual contra líderes específicos ha venido en aumento.

Nosotros vemos que eso tiene que ver con los intereses económicos asociados a las elecciones, no tiene que ver con afiliaciones políticas, porque las mediciones muestran que todo el espectro político se ve afectado por la violencia, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda; todos son víctimas de violencia, y son pocos los casos en los que uno puede identificar que esa violencia tuvo un origen ideológico, es decir, que lo amenazaron por ser del Centro Democrático o por ser de la Colombia Humana.

“Tenemos la hipótesis de que la guerra se ha reiniciado en muchos de los territorios en los últimos dos años porque el control de las economías ilegales se traslada también a la política.”

Tenemos la hipótesis de que la guerra se ha reiniciado en muchos de los territorios en los últimos dos años porque el control de las economías ilegales se traslada también a la política, no en forma de grupos armados atacando candidatos o atacando las elecciones, sino en forma de financiación. Ese fenómeno de la guerra en los territorios por el control de economías ilegales vemos que se está pasando a la financiación de campañas, o que se está infiltrando a través de la financiación de campañas.

Una última forma de violencia es la polarización entre campañas. El año pasado esa polarización se manifestó de forma más ideológica, con mucha guerra sucia, tanto desde la izquierda como desde la derecha; este año no se manifestó tanto así, pero la polarización sí se estalló entre seguidores de campañas en municipios cuyo resultados quedaron muy estrechos o donde corrieron rumores de fraude electoral, y eso produjo alrededor de 30 eventos de asonadas y disturbios en todo el país.

Las campañas electorales han instigado a sus seguidores a violentar las registradurías, los escrutinios o las alcaldías por inconformidad con los resultados; un fenómeno menor, pero no lo dejamos aislado porque creemos que no son manifestaciones violentas espontáneas sino instigadas por las campañas electorales, incluso muchas veces pagadas. Entonces creemos que eso puede tener que ver con la financiación de campañas nuevamente y con esa posibilidad de que las campañas sean infiltradas, no solo por el narcotráfico sino también por la corrupción, por contratistas que quieren ganar a toda costa a través de algún alcalde y que están dispuestos a usar el dinero con el que financian las campañas para cualquier fin.

Víctor Barrera
Investigador del Cinep/PPP. Equipo Estado, conflicto y desarrollo.

La violencia en estas elecciones, evidentemente, fue mayor que la registrada en 2015, pero relativamente menor y más concentrada territorialmente de lo que se vivió en las elecciones de 2011 y 2007; esto para tener una perspectiva más amplia. Se trató, entonces, de una violencia que expresa una lógica distinta a la que se había experimentado previamente; en la que grupos armados ilegales usaban la violencia y la coerción para constreñir al elector, promover candidaturas únicas o evitar que las personas pudieran depositar su voto, lo cual yo creo que no se vio y es un elemento de cambio importante.

“Son violencias que no están inscritas en un relato nacional, eso cambia la naturaleza de esta violencia que está muy anclada a dinámicas oportunistas del orden local.”

Esa nueva lógica de la violencia está mucho más atada a problemas y agendas muy locales, y tiene dos características:

Lo primero es que son violencias que no están inscritas en un relato nacional, eso cambia la naturaleza de esta violencia que está muy anclada a dinámicas oportunistas del orden local. La violencia se expresa como un mecanismo de competencia política, insisto, pero no está vinculado a un gran relato nacional que les dé un sentido y una orientación; eso explica precisamente que la violencia no se haya concentrado de manera notoria en una sola fuerza, como usualmente ha pasado en otros episodios de la historia colombiana. La violencia no se concentró únicamente contra fuerzas progresistas con agendas renovadoras, sino que afectó a los candidatos de distintos partidos, al margen de su ubicación ideológica.

Lo segundo, es que es una violencia que coincide en entornos más competitivos; es decir, no puede decirse que la violencia haya afectado sistemáticamente el desarrollo de estas elecciones, ya que estas fueron muy competitivas, lo que, en varios casos, dio lugar a ganadores que parecían improbables un día antes del 27 de octubre, los cuales se impusieron ante rivales provenientes de casas políticas cuestionadas, y varias de ellas altamente criminalizadas. A pesar de la violencia estas elecciones mantuvieron unos niveles de competencia electoral significativos; es decir, no hubo candidatos con unos márgenes de victoria tan amplios respecto a su competidor.

Para sintetizar diría que la violencia aumentó, pero no tanto como se creyó que podía escalar; pues no se registraron niveles similares a 2011. Por otro lado, la lógica de la violencia es distinta y sus implicaciones fueron diferentes: no podríamos decir que afectaron de manera dramática la competencia electoral en el nivel local, aunque sí tuvo unas afectaciones muy importantes que no podemos desestimar, no solo a nivel de letalidad, sino en el incremento notable de candidatos amenazados.  

CD: ¿Cuál es el balance de los resultados que dejó la jornada del 27 de octubre?, ¿quién ganó?, ¿quién perdió?

Silvia Otero

Mucho se ha escrito y se ha analizado acerca de quién ganó y quién perdió en las elecciones locales de este año, y lo que se demuestra es que el fenómeno de las coaliciones para las elecciones de las alcaldías y las gobernaciones está en aumento, y las coaliciones hace muy difícil establecer quién gana y quién pierde y tener un mapa claro del peso de los partidos políticos a nivel subnacional.

En estas elecciones de 2019 las coaliciones ganaron el 78 % de las alcaldías. Hay, además, coaliciones de todo tipo; muchas son coherentes entre partidos que, por ejemplo, hacen parte de los partidos de gobierno como el Conservador y el Centro Democrático, pero también hay coaliciones incoherentes en dónde se mezclan partidos de gobierno como el Centro Democrático con partidos de oposición como el Partido Verde. Esto sugiere que a nivel local los liderazgos políticos son independientes de los partidos, y los partidos se comportan como máquinas que generan avales y producen muy pocas aplicaciones programáticas a los candidatos.

“Existen clivajes locales que se manifiestan a través de la adherencia a una u otra coalición, pero no están correlacionadas con clivajes nacionales.”

El fenómeno de las coaliciones manifiesta que existen clivajes locales que se manifiestan a través de la adherencia a una u otra coalición, pero no están correlacionadas con clivajes nacionales. Que una persona esté avalada por uno o por otro partido nos dice muy poco acerca del tipo de políticas que ese candidato, ese alcalde o ese gobernador va a llevar a cabo en su gobierno. Teniendo esto en cuenta, casi todos los partidos perdieron frente al avance de las coaliciones, y las excepciones son tres: la Alianza Verde, el Centro Democrático y los grupos significativos de ciudadanos que fueron importantes en las grandes ciudades.

En particular, es muy notorio el avance del Partido Verde, el cual se ha posicionado como una opción creciente a nivel local; este es un partido nuevo, no más nuevo que el Centro Democrático, y le está yendo muy bien en las elecciones: pasa de tener 24 a 43 alcaldías. También es notable el avance de las opciones de centro izquierda y también de políticos independientes que hacen política por fuera de las maquinarias de forma independiente, con el argumento de transformar la forma de hacer política; esta clase de políticos tuvieron grandes avances, se llevaron las principales ciudades del país.

Es evidente que la U y Cambio Radical son los partidos que más perdieron en estas elecciones; tuvieron una reducción de votos en sus listas al concejo, y una reducción en la participación en las alcaldías y gobernaciones electas.  

Camilo Vargas

En estas elecciones locales, a diferencia de los últimos 20 años, no tuvimos la figura de un gobierno nacional fuerte que impone candidatos. Con Uribe y con Santos nos tenían acostumbrados a que la disputa era el candidato apoyado por el gobierno contra algún otro candidato; en cambio, en el gobierno de Duque eso no pasó. El gobierno de Duque perdió el poder, y no ha tenido la habilidad política de tener alianzas regionales fuertes; por lo tanto, las distintas familias y los diferentes grupos políticos que son fuertes en cada territorio fueron más autónomos esta vez. Se dio una pelea electoral muchísimo más descentralizada, y eso es una característica interesante que incluso puede tener que ver con la emergencia de algunos liderazgos independientes en Medellín o Cartagena.

Esto también coincide con otro fenómeno, y es que la izquierda, particularmente la Alianza Verde, se ha venido estructurando muy bien y ya no es el canal de conducción de candidaturas independientes o de fenómenos de opinión, como lo vimos hasta la ola verde de Mockus en el 2010, sino que ya es un partido estructurado; lo que uno podría llamar una maquinaría en el buen sentido del término, es decir, toda una red de apoyos de liderazgos, con organizaciones de distintos niveles muy bien organizadas que le permiten sacar una alta votación en muchas partes.

“La Alianza Verde, se ha venido estructurando muy bien y ya no es el canal de conducción de candidaturas independientes o de fenómenos de opinión.”

Ese es otro fenómeno interesante: el fortalecimiento de la izquierda particularmente en cabeza de la Alianza Verde, y en menor medida con una expresión más local el fenómeno de Fuerza Ciudadana en Magdalena y en Santa Marta, que le logró ganar a las familias tradicionales del Magdalena; esto coincide con el debilitamiento del Gobierno Nacional en su participación en las elecciones locales.

Ahora, decir quién ganó y quién perdió es muy distinto en cada región, y en las gobernaciones y en las alcaldías es cada vez más difícil, porque en los últimos años el porcentaje de cargos ganados por las coaliciones es mayor, y la coherencia de las coaliciones muchas veces no es clara. Este año tenemos casi el 75 % de las gobernaciones en cabeza de coaliciones, y casi el 50 % de las alcaldías también. Si lo viéramos desde el punto de vista de los votos a concejo y a asambleas, que son un poquito más dicientes del poder partidista, se ven cosas distintas: en alcaldías, a parte de las coaliciones, el que más gana es el partido Conservador; y en asambleas y concejos el que más gana es el partido Liberal. El partido de la U viene en una lenta caída en los últimos años; el Centro Democrático viene en un lento crecimiento que ellos esperaban que fuera muchísimo más fuerte, pero no es un partido derrotado, este existe hace cinco años y tiene una fuerza considerable, es un gran partido a nivel nacional en términos de cifras.

Víctor Barrera

El gran problema para medir éxito, ganadores o perdedores, es que los coavales o las coaliciones entre partidos fueron la estrategia que mejor funcionó para acceder a cargos uninominales como alcaldías y gobernaciones —25 de los gobernadores fueron elegidos por este tipo de coavales, y 507 alcaldes llegaron al de igual forma—. Esto implica que el número de gobernaciones y alcaldías, que usualmente se considera una buena métrica para observar ganadores y perdedores, se desdibuja un poco.  

Haciendo esta salvedad, sí creo que hay ganadores y perdedores. En cuanto a estos últimos, se destaca que algunas casas políticas altamente cuestionadas y criminalizadas perdieron; por ejemplo, Los Cotes en el Magdalena, Yahir Acuña en Sucre y Ramos en Medellín. Esto muestra que hoy los medios clientelistas no son suficientes para acceder a este tipo de cargos, y requieren de mayor esfuerzo para capturar una buena parte del voto más libre. Claro, no hay que cantar victoria porque aún el país está muy lejos de jubilar ciertos tipos de liderazgos políticos que sí ganaron y nos muestran que el panorama es más bien mixto; —Monsalvo Gnecco ganó en Cesar, Dilian Francisco en el Valle, etc.—.

Otro de los perdedores fue claramente el partido Centro Democrático. Por más que algunos de sus miembros adviertan que no fue así porque ahora tienen más concejales y diputados que los que obtuvieron en 2015, creo que esa métrica de crecimiento y, por lo tanto, de éxito, no es sostenible. En el 2015, además de ser un partido relativamente nuevo que jugaba en la oposición a nivel nacional, no tuvo una apuesta explícita por lanzar masivamente candidatos, cosa que sí hicieron esta vez. Su apuesta era crecer y hacerlo aprovechando que hoy es partido de gobierno y que, de alguna forma, ha tenido un amplio acceso a burocracia y a dirección de políticas. Así que si uno mira las pretensiones de crecimiento y las mejores condiciones que tenían en el punto de partida, los resultados que consiguieron sí son un retroceso que deja golpeado al partido. Por ejemplo, de los 10 candidatos que lanzaron a la gobernación por cuenta propia, únicamente dos ganaron y en territorios que no son necesariamente estratégicos o importantes en términos electorales de cara a las elecciones de 2022. El desempeño electoral de este partido fue muy bajo, y creo que los números podrían confirmarlo fácilmente.

“Los evidentes problemas de acción colectiva que existen al interior de este partido, que ya, por ejemplo, este se formalizó luego que una facción liderada por Andrés París ratificara su compromiso con el proceso de paz.”

Queda la siguiente pregunta: ¿qué paso con las FARC? Para mí también salió mal librado, y ello se explica por varias razones que estuvieron en su contra. En primer lugar, es evidente que la violencia en contra de varios de sus miembros y ex combatientes, que ya supera los 160 desde la firma de los acuerdos, fue un poderosos desincentivo para participar usando esta etiqueta. En segundo lugar, la dificultad que tuvo para construir alianzas con otros partidos de izquierda; no solo por el riesgo que representaba sino porque su falta de apoyo social podía actuar en contra, pues tener una alianza con el partido FARC restaba más que sumar. Y, en tercer lugar, los evidentes problemas de acción colectiva que existen al interior de este partido, que ya, por ejemplo, este se formalizó luego que una facción liderada por Andrés París ratificara su compromiso con el proceso de paz, pero enfatizó que iban a buscar una interlocución directa con el gobierno pues los líderes del partido FARC no los representaban.

Finalmente, la U y Cambio Radical que, en su momento, surgieron como una confederación de caciques políticos articulados a un liderazgo nacional (Santos, en el primer caso; y Vargas Lleras, en el segundo), fueron grandes perdedores. En ambos casos, su votación de cuerpos colegiados se vio disminuida de manera significativa; en concejos, la U pasó de 2.419.443 en 2015, a 1989.495 el pasado 27 de octubre; por su parte, Cambio Radical pasó de 2.568.409 en 2015, a 2.084.039.

Ahora bien, en cuanto a ganadores: hay varios y sorpresivos. El primero, diría que fue un amplio segmento del electorado que tuvo mayor libertad para votar y una mayor diversidad de ofertas electorales para elegir. Aunque sí, está muy lejos del mundo ideal, y también hubo variaciones territoriales importantes, de acuerdo; pero no debemos desestimar que este hecho sí marca una tendencia. Por ejemplo, el voto en blanco creció para todos los cargos y puede interpretarse como una expresión de inconformismo; de hecho, el voto en blanco ocupó el segundo lugar en algunas gobernaciones como ocurrió en Bolívar, por ejemplo.

Hay un segundo ganador que son las fuerzas progresivas y pro cambio que ganaron en algunas ciudades capitales, y también en otros lugares del país. Hay unos ejemplos notables como la victoria de Víctor Mosquera en Buenaventura, un líder social que tuvo un papel notable en el paro cívico y que ha abanderado varias reivindicaciones sociales; este es un ejemplo importante, ya que muestra que el ciclo de protesta puede, eventualmente, dar lugar a nuevos liderazgos que transiten a cargos de representación política. El caso de Bogotá y Medellín son importantísimos. La victoria en el departamento de Sucre de Héctor Olimpo Espinoza, una figura que no era reconocida dentro de la política tradicional, se impuso frente a Yahir Acuña, el candidato que movía la maquinaria. En Magdalena, Fuerza Ciudadana de Carlos Caicedo se impuso ante el Mello Cotes, cuando muchos analistas decían que eso sería imposible; este movimiento ganó alcaldía de Santa Marta y la Gobernación, y sacó una ventaja importante a sus rivales.

Finalmente, ¿dónde quedan los partidos políticos históricos como el Conservador o el Liberal en este panorama? Frente a esto diría que son partidos que sobrevivieron en medio de un escenario de mayor fragmentación política y mayor volatilidad electoral, lo cual puede entenderse como una especie de triunfo; aunque más en el caso del partido Liberal, hoy independiente del gobierno, que del Conservador, que sí hace parte de la coalición de Iván Duque.

CD:¿Cómo queda el mapa político de cara a las elecciones nacionales de 2022?

Silvia Otero

Algo que llama mucho la atención es que en las principales ciudades ganaron y existieron alternativas; y hubo, además, un discurso muy antipolítico, distinto a la forma tradicional de hacer política. En todas las capitales principales hubo una alternativa de este tipo y en muchas de estas ganó; vimos el triunfo del candidato Juan Carlos Cárdenas en Bucaramanga, que es la herencia de Rodolfo Hernández; y también el triunfo de Claudia López, de Daniel Quintero en Medellín, de Jorge Iván Ospina y de William Dao.

A pesar de que tenemos estos triunfos de estas candidaturas, que están expresando un descontento con la forma tradicional de hacer política y con la lógica clientelar de la política, llama mucho la atención que la participación no haya aumentado; la abstención se mantuvo prácticamente en los mismos niveles que en los años 2015. Por ejemplo, mientras que en el 2015 la participación de la alcaldía fue de 54.4 %, en el 2019 fue del 60.6 %; un aumento de apenas un punto porcentual y este punto porcentual se repite en las otras elecciones a gobernación, concejo y asamblea; es decir, prácticamente la misma participación que en el año 2015. En las principales ciudades la participación se mantuvo también, por ejemplo, en Bucaramanga, en Cali y en Cartagena la participación estuvo en los mismos niveles que en 2015 y en 2019; la excepción es Bogotá donde hubo un aumento de la participación del 3.8 %.

“Este punto porcentual se repite en las otras elecciones a gobernación, concejo y asamblea; es decir, prácticamente la misma participación que en el año 2015.”

Teniendo esto en cuenta, llama la mucho la atención que esta forma de hacer política o vender la idea de ser candidatos o candidatas que están por fuera de las maquinarias, que hacen una política más cercana a la gente, no está llevando nuevas personas a las urnas; por esto, estos candidatos entran a competir por los votos de los partidos de corte más tradicional: Liberal, Conservador, de la U, Cambio Radical y ahora el Centro Democrático. Entonces de cara al 2022, yo creo que es una mala noticia para estas fuerzas alternativas no haber sido capaz de llevar nueva gente a las urnas.

Por otro lado, tenemos efectivamente un fortalecimiento del Partido Verde, el cual ya había tenido un papel importante en las elecciones del 2018, lo que evidencia que para el 2022 va a tener un papel muy protagónico también; probablemente el candidato de este grupo será Sergio Fajardo, queda ver si él se fortalece como candidato.

Asimismo, se profundizaron las divisiones entre el campo de la centro-izquierda y la izquierda; es decir, en concreto entre el Partido Verde y la Colombia Humana, y entre el Polo y la Colombia Humana. Estas divisiones se volvieron mucho más profundas como respuesta a lo que sucedió en la campaña en Bogotá, y esto básicamente sugiere que para el año 2022 tendremos una repetición de las elecciones del 2018 con prácticamente los mismos candidatos: Gustavo Petro y Sergio Fajardo, y los dos se negarán a ir a una consulta interpartidista. En la derecha se tendrán, probablemente, un candidato de centro-derecha vinculado con la casa Char de Cambio Radical, y un candidato del Centro Democrático; entonces va a ser una repetición de las elecciones del 2018.

Yo creo que ahí lo que va a estar en juego es quién va a sacar el segundo lugar, si el representante de la izquierda, como Gustavo Petro; o el representante de la centroderecha; o el del centro, como  Sergio Fajardo; esto es lo que está por verse.      

Camilo Vargas

No se pueden sacar conclusiones de cara a las elecciones del 2022, precisamente por lo desconcertante que resulta que el Gobierno Nacional no haya tenido una incidencia clara sobre las elecciones regionales; es lo que hace muy difícil percibir qué pasará de aquí al 2022. Claramente se ven tendencias, hay una tendencia de la Alianza Verde a ser cada vez más fuerte, estuvieron muy cerca el año pasado de llegar a la segunda vuelta con Sergio Fajardo; eso es una fuerza bastante considerable.

Hay poderes regionales que serían pilares fundamentales para una candidatura nacional si se juntara a varios; por ejemplo, la victoria de Elsa Noguera en Atlántico y de Pumarejo en Barranquilla sigue mostrando la solidez de los Char, y de lo que normalmente sería Cambio Radical allá. La victoria de Clara Luz Roldán en el Valle del Cauca sigue mostrando la solidez de Dilian Francisca Toro y de lo que es el partido de la U allá, esos son unos bastiones que seguramente van a jugar un papel importante en las elecciones del 2022; pero no se sabe para quién, si ellos lanzarán sus propios candidatos, si van a ser parte de alguna alianza o si van a estar en distintos equipos.

“Podemos estar en un reacomodamiento de esos liderazgos con poder presidencial y todo eso hace que sea muy difícil ver cuál es la relación entre estas elecciones y las del 2022. ”

En el mediano plazo, estamos en un momento de transición de los grandes partidos— distintos del partido Liberal y el Conservador— hay tres grandes partidos que son el de la U, Cambio Radical y el Centro Democrático; los tres están empezando a caer en cierta orfandad: Vargas Lleras fue derrotado y no es claro si él quiere seguir aspirando a la presidencia en el futuro; Santos ya pasó; y a Uribe a veces se le ve cansado de estar ahí, sobre todo por su reacción a estas elecciones, al ver lo que él llama la derrota del partido, pues no se consolidó una fuerza política por lo menos a nivel regional mayor, y en coordinación con el Gobierno Nacional. Estos son fenómenos que debemos tener en cuenta, podemos estar en un reacomodamiento de esos liderazgos con poder presidencial y todo eso hace que sea muy difícil ver cuál es la relación entre estas elecciones y las del 2022.

Víctor Barrera

Con estos resultados se evidencian dos cosas en cuanto a cómo queda el mapa político de cara a 2022 –advirtiendo que las elecciones locales no necesariamente sirven para predecir lo que sucederá en las nacionales–. Lo primero es que se han posicionado nuevos temas de debate político y electoral, que antes no se habían visibilizado porque las discusiones de guerra o paz los eclipsaban; precisamente, los candidatos que se sintonizaron con esas nuevas demandas, como la lucha contra la corrupción, tuvieron mayores probabilidades de ganar. Desde la perspectiva de cuáles son los temas que estructuran el debate electoral en Colombia, se presentan unas demandas de la ciudadanía distintas, con una dinámica diferente, las cuales quizás surjan con fuerza para las elecciones nacionales del 2022.

“ Los candidatos que se sintonizaron con esas nuevas demandas, como la lucha contra la corrupción, tuvieron mayores probabilidades de ganar.”

Lo segundo, es que lo que según nos dice este mapa político, el Centro Democrático no solamente perdió, sino que quedó golpeado a nivel nacional en cuanto a la influencia que puede tener en la política de este gobierno; vimos que no existió un apoyo masivo, y hoy su máximo líder, Álvaro Uribe Vélez, reporta los niveles más bajo de favorabilidad y más alto de desfavorabilidad. De haber conseguido una votación masiva, seguramente hubiese tenido una carta muy importante para restringir aún más al presidente Duque –si bien es de sus entrañas su gobernabilidad se ha visto seriamente lesionada por su incapacidad de tender puentes con otros partidos–. Además, creo que estas elecciones mostraron que el Centro Democrático cada vez más se enfrenta a una encrucijada entre la narrativa anti-corrupción y moralista tirada a la extrema derecha, que le da consistencia programática y las decisiones pragmáticas de que para crecer ya no basta la figura del líder, sino que necesitan del personal de esa clase política local que critican.   

Esto representa una pérdida grande acerca de lo que pueda lograr este partido para 2022; para crecer tiene que sacrificar el discurso y la narrativa que le ha valido la reputación que tiene hoy, lo que mueve una parte de voto de opinión importante, pero si no lo hace va a ser un partido altamente radicalizado y minoritario, como actualmente lo es.

¿Cuáles cree son los principales retos que enfrentarán estas nuevas administraciones?

Camilo Vargas

El reto que nos parece más apremiante en estos momentos es el de los 170 municipios con Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) y de las gobernaciones que están en las regiones PDET, porque son las cabezas del Estado en las zonas que más necesitan avanzar en este momento. El plan para frenar la violencia que está reviviendo en muchas partes de Colombia es la apuesta por la Reforma Rural Integral, por ejemplo. Si uno quiere sustituir el problema de las economías ilegales, tiene que sustituirlo con otras alternativas económicas; si no, se puede quitar a las FARC pero van surgir otros grupos que vivan del narcotráfico, de la minería ilegal y del contrabando. Esa lógica es innegable, sobre todo cuando persisten niveles tan alarmantes de pobreza, de informalidad y de subdesarrollo que no dejan otra alternativa económica sino la economía ilegal o unirse a un grupo armado ilegal. Por eso, la responsabilidad de los mandatarios de las 16 regiones PDET es enorme porque ellos son los encargados de avanzar las medidas que se decidieron en el acuerdo de paz, y que luego se negociaron participativamente en los PDET, las cuales están diseñadas para generarle alternativas económicas a la gasolina de la violencia, que son estas economías ilegales.

“El plan para frenar la violencia que está reviviendo en muchas partes de Colombia es la apuesta por la Reforma Rural Integral.”

Hay otro reto si uno mira la cara del país más desarrollado económicamente, y está relacionado con el contexto de la economía internacional en el que vivimos una paradoja. El fin del boom minero-energético devaluó profundamente el peso y revaluó el dólar, eso en cualquier parte del mundo se llama devaluación competitiva y debería estar impulsando nuestras exportaciones; pero por alguna razón en Colombia están impulsadas las exportaciones ilegales y no las legales. Los mandatarios de esas grandes ciudades tienen una gran oportunidad: aprovechar las buenas condiciones del comercio internacional para exportar y para competir contra las importaciones.

Lo anterior de cara a la contienda electoral llega a ser un poco preocupante, porque el debate electoral no tuvo mucho contenido económico, el plan económico no fue el foco y mucho menos el análisis de la situación de Colombia en el comercio exterior. Estos temas deberían estar en el mapa  porque ese es el reto de las grandes ciudades; aprovechar las condiciones de la economía internacional para impulsar el desarrollo de la economía local, lo que en últimas empieza a generar un incentivo hacia la economía legal y ayuda a desincentivar la economía ilegal. Entonces, sobre todo en términos económicos hay un reto muy importante tanto del país desarrollado como del país subdesarrollado: evitar el resurgimiento de la guerra después del acuerdo de paz.

Víctor Barrera

Un primer gran reto, es que una parte de estos nuevos mandatarios llegan a administraciones en las cuales no existen las condiciones institucionales suficientes para responder a una ciudadanía que tiene mayores expectativas de cambio; hay que preguntarse, entonces, cuánta capacidad y cuánto músculo institucional local van a tener.

El segundo gran reto, es lograr construir coaliciones viables en asambleas y concejos que les permitan a los gobernadores y alcaldes desarrollar sus planes y programas. Esto es especialmente crítico pues, como vimos, hubo signos claros de renovación en varios cargos uninominales, aunque a nivel de concejos las fuerzas partidistas tradicionales muestran ciertos rasgos de continuidad.

“ Usualmente, los buenos alcaldes y gobernadores son quienes se saben conectar con el presidente de turno o los funcionarios del nivel nacional ”

En tercer lugar, otro reto que van a tener estos mandatarios es la falta de liderazgo del Gobierno Nacional en temas críticos para el país y sus regiones. Usualmente, los buenos alcaldes y gobernadores son quienes se saben conectar con el presidente de turno o los funcionarios del nivel nacional para mover apoyos críticos para sus regiones. Con un gobierno que bajo el discurso de no dar mermelada esconde su incapacidad para manejar el país y hacer concesiones en el marco de una democracia pluripartidista, esto va a ser muy difícil. Ceo que acá el Congreso, donde el Gobierno no tiene mayorías claras, puede jugar un papel importante en estas labores de intermediación entre mandatarios locales y el nivel nacional.

Finalmente, hay un cuarto reto, que está relacionado con el anterior, y se refiere a que una parte de estos nuevos mandatarios van a tener que lidiar con problemáticas cuya solución no son de su exclusiva competencia; asuntos como: la seguridad de muchas regiones donde antes estaban las FARC; el crecimiento de los cultivos de uso ilícito y el incumplimiento de los acuerdos de sustitución; y la implementación de los Planes de Acción y Transformarción Regional derivados de los encuentros PDET. Todos son temas que pasan por estos territorios, pero sobre los cuales los alcaldes y gobernadores no tienen mayor nivel de control pues dependen de las directrices y los recursos del Gobierno Nacional. De hecho, no hay que olvidar que una parte de la financiación de la paz, de acuerdo al Plan Plurianual de Inversiones que se aprobó con el Plan Nacional de Desarrollo, va a salir no solo del Presupuesto General de la Nación sino también del Sistema General de Participaciones, esto es, de los dineros que la nación transfiere a las entidades territoriales con destinación específica, y de las regalías.

Ante un escenario de incumplimiento del acuerdo de paz y de señales claras de querer dar un salto al pasado, estos gobiernos locales deberán enfrentar una buena parte del descontento ciudadano que está fraguando el Gobierno Nacional.