Dossier Especial

Así recuerdo Cien Días

EDICIÓN 100 JUN – DIC 2020

Por Jorge Iván Gómez Sánchez

En el libro “Cinep, Cuarenta Años”, uno de los  maestros de maestros, Fernán Gonzalez, manifiesta cómo narrar una historia de la que nosotros mismos fuimos parte y cómo contar unas vivencias que marcaron significativamente nuestras vidas, en un contexto marcado por profundos cambios sociales y culturales que constituyeron el telón de fondo de los acontecimientos que intentamos relatar. Para hacerlo, afirma, preferimos acercarnos e intentar describir la manera cómo esa experiencia vital marcó definitivamente nuestra existencia.

Siendo un ciudadano de  provincia, de las regiones, de la Colombia profunda,  que para el año de 1988 iniciaba mis estudios de Derecho en la Universidad de Caldas, narrar lo que ha significado en mi vida el CINEP, y una de sus publicaciones, la Revista Cien Días, es narrar el contraste entre el aire de  provincia del Eje cafetero —región en la que por múltiples razones, y gracias al café, logró construir una sociedad con alguna estructura de oportunidades y beneficios sociales para la gente, y alguna presencia estatal—, con las llanuras, costas y selvas colombianas, en donde, aún entrado el siglo XXI,  el Estado continúa ausente.  

Recordar Cien Días es narrar el contraste entre una dirigencia que asumió que los beneficios derivados del café estarían ahí para siempre, y hacer memoria de las evidencias que alertaban desde 1988  sobre el papel que tendrían los hidrocarburos,  el ferroníquel y el oro en la economía colombiana.

Es intentar narrar cierta  estructura de mentalidades, en las que, durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, han proliferado actores que se han sentido cómodos afirmando que no hay enemigos a la derecha, y en la cual  los ejercicios de democratización de las instituciones, de construcción de escenarios en los que soplen otros vientos han sido erradicados por fuerzas sociales y políticas enquistadas de diversas maneras en las instituciones.  

Estas estructuras y hábitos mentales empezarían a perder terreno por la globalización, por la reforma política que surgió de la elección popular de alcaldes y por los intentos de acuerdos de paz hechos por el presidente Belisario Betancurt (1982-1986). Concomitante con estos avances, hubo un incremento significativo de la violencia generada por el narcotráfico y sobre líderes políticos de izquierda que tuvo como luctuoso colofón el exterminio de la Unión Patriótica y el asesinato de varios candidatos presidenciales bajo el mandato de Virgilio Barco (1986-1990). Estos hechos, unos constitutivos de avances políticos, otros de alta conflictividad, influyeron en la movilización estudiantil por la Séptima Papeleta que dio a lugar a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para cambiar la constitución de 1886. 

Mientras esto ocurría se abrieron en la región programas de maestría donde se escuchaban disertaciones de connotados académicos como Guillermo Hoyos Vásquez; también iniciaron programas en antropología y sociología, los cuales hicieron posible  que  otros referentes circularan. Es allí donde ingresan con fuerza en mi vida el Cinep,  su publicación Cien Días y los articulistas de revistas como Controversia. Ahí comencé a leer y seguir a Fernán González,  Francisco de Roux, Mauricio Archila, Consuelo Corredor, Luis Alberto Restrepo, Socorro Ramírez, Gustavo Gallón, Pedro Santana, Fabio López de la Roche, Salomón Kalmanovitz y Camilo González.  En los libros coeditados por Cinep entendí que había relatos profundos por ayudar a construir y visibilizar  en nuestro país, y que era en grupos de conversación iniciados en la universidad –algunos de los cuales se mantienen hasta el día de hoy— donde era posible construir nuevos referentes de discusión sobre el acontecer de la región y el país. 

Sin duda, Cien Días me ha ayudado a desarrollar pensamiento crítico y propositivo para asumirme como actor social y político en mi región y en el país.  Así, 30 años después, Cien Días llega  a su número 100, probando lo que desde su nacimiento evidenció el vertiginoso ritmo de los acontecimientos en Colombia y el desconcierto que deja esa sobrecarga de violencia que dificulta reflexionar sobre la situación del país.  Siguiendo cada una de sus publicaciones, quienes somos sus lectores podemos dar fe de que la revista ha ayudado a la comprensión regional de los conflictos, los cuales se asientan en inequidades de corte estructural, y la represión ejercida sobre fuerzas sociales y políticas que buscan abrir espacios democráticos y cambios en el orden establecido. Me ha ayudado a comprender que, si bien en muchos aspectos, durante la segunda mitad del siglo XX, esas fuerzas han estado capturadas por los actores armados ilegales, el crimen, la corrupción, y el clientelismo, también han surgido actores que han incorporado otras formas de vivir, de sentir, de gestualizar, de conversar, de representar el pensamiento, como las que enseñaron Mario Calderón y Elsa Alvarado.  

Cien Días ha contribuido a poner en la agenda pública propuestas que abren espacio a otras miradas, a otras voces que, en palabras de Nancy Fraser, generan contrapúblicos que convierten en agenda pública y política lo que ha permanecido subordinado y en las márgenes, para construir –con criterios de inclusión— ciudadanía y democracia.  

Hoy como ayer, como hace 32 años,  y como será mañana, me considero parte de un grupo de lectores activos que asume que los diversos enfoques de Cien Días están aglutinados por el objetivo común de propiciar la búsqueda de caminos que permitan construir una verdadera democracia, asentada en la tolerancia y el respeto a los derechos humanos.  

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Abogado Universidad de Caldas. Especialista en Derecho Constitucional, Universidad Nacional. Asesor gobiernos de Caldas.

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