102 / MAY-AGO 2021

Resistir es siempre renacer: comunidad y juventudes en el Paro Nacional 2021

EDICIÓN 102 MAY-AGO 2021

Por María Alejandra Alfonso Sarmiento, Deicy Johanna Giraldo Castellanos y Daniela Torres Bernal

Resumen

El presente artículo muestra dos repertorios que se han movilizado desde lo comunitario y las juventudes en Bogotá y Cali durante el Paro Nacional 2021: las ollas comunitarias y las batucadas. Asimismo, se propone profundizar en las afectividades como un elemento cohesivo en estas prácticas. Las ollas comunitarias son formas políticas de nutrir el pensamiento y el cuerpo, para seguir luchando desde el cuidado. Por su parte, las batucadas son un fenómeno histórico, vital y revolucionario, que invita a mover al otro, a alborotarse y a luchar por sus ideales. Entre estas dos se construye un sentido de pertenencia comunitario al igual que un reconocimiento de las múltiples formas en las que se puede participar de la protesta social.

Introducción

El Paro Nacional, iniciado el 28 de abril de 2021, convoca a la movilización en un momento de agotamiento y hastío, frente a un país que promueve acciones y políticas injustas, desiguales, violentas y de abandono. En este contexto, es posible explorar los repertorios de la protesta social desde las juventudes. No se hace referencia a la juventud como un rango de edad, sino como un modo de ser y de estar, que cambia según los contextos (Sepúlveda, 2011). Lo particular de este momento vital, es que “lo juvenil está asociado a nuevos modos de participar en la reproducción de lo social humano, que les hace ver de manera distinta la función política que ordena lo social” (Sepúlveda, 2011, 156). De este modo, la participación política de las juventudes no se limita a una agenda que busca unívocamente su beneficio, sino que se articula con las demás demandas sociales existentes.

Por otro lado, los repertorios de la protesta hacen referencia a los medios que los grupos tienen para visibilizar sus reclamos, estos cuentan con una dimensión estratégica y expresiva, que, muchas veces, contribuye al fortalecimiento de los lazos afectivos y de pertenencia de los grupos. Es importante tener en cuenta que los repertorios son aquello que las personas saben hacer, por lo que, existe un conjunto delimitado de opciones definido culturalmente (Barrera y Hoyos, 2020, 170). En este caso, se toman dos prácticas utilizadas en el Paro: las ollas comunitarias/compartir del alimento y las batucadas/sonoridades. Por último, se ahondará en las afectividades como una característica transversal de estos repertorios en los que se interviene y transforma la vida pública.

Los fogones del aguante

Las ollas comunitarias son formas enraizadas en la memoria de ser, compartir y continuar siendo, son parte de esos repertorios que sostienen las madres (aunque no solo ellas) desde esta vitalidad juvenil que ha caracterizado las manifestaciones. Son prácticas que se han construido desde el amor y el cuidado para la lucha. Las mujeres que se juntan allí saben que el acto de cocinar es político, como lo comenta Luz Marina Carranza, voluntaria de la olla comunitaria en Siloé: “a mí me gusta cocinar y vine de esa manera a manifestarme cocinando” (Carranza en COPEC, 2021). El comer juntos se entiende como el acto político que constituye a las personas y las identidades. Por esto, los alimentos han sido una forma de “mantener, legitimar y deconstruir la autoridad y el poder; a través de él, construimos relaciones sociales y transmitimos conocimientos tecnológicos, ideológicos y sociales” (Romero, 2008, 18).

Estas maneras de protestar no son nuevas, se han aprendido tras muchos años de lucha. Así lo comenta Amanda, que es madre cabeza de familia y voluntaria en la olla comunitaria del puente de la 14 en Cali: “Estamos dando el frente, estamos aquí acompañándolos a ellos [a sus hijos y a su nieto], a aguantar, a resistir nuestro proceso. Yo llevo un proceso de muchos años, soy luchadora desde los 14 años […], estos paros para mí son ya como muy comunes, pero este que está sucediendo hoy […], 16 días de resistencia, no se ha visto en Cali, no se había visto en Colombia, hasta hoy” (Amanda en Proyecto identidad, 2021). A pesar de que las luchas no son nuevas, y existen unas razones históricas que han motivado las innumerables protestas en el país, han cobrado fuerza motivos específicos debido a la pandemia, como la exigencia de seguridad alimentaria y sanitaria (García y Restrepo, 2020). Esto se debe a las medidas de aislamiento que exacerban la precariedad del sistema laboral en Colombia, donde se trabaja al día sin tener la seguridad de que habrá comida para mañana.

Foto: Humano Salvaje
Foto: Humano Salvaje

Dada la inseguridad alimentaria, se fortalecen las redes comunitarias para aguantar en medio de la incertidumbre. Las madres, las mayoras y las abuelas, desde la opresión, aprendieron del poder que hay en el fogón y en la movilización que encontraron al juntarse a cocinar. Estas prácticas hechas desde el cuidado, que muchas veces han sido invisibles en la cotidianidad y en la historia, sobresalen en las protestas que vive Colombia, pues muestran la importancia del alimento, para dar fuerza y esperanza, en medio de situaciones de violencia, de opresión y de lucha. Es importante entender el impacto de alimentar las protestas desde la olla, porque “los cuerpos están hechos de comida […], aquellos que comen juntos en la misma casa, comparten la misma carne en un sentido completamente literal: están hechos de la misma sustancia” (Wismantel, 1998, 89). Esto significa que, al compartir la comida, se están volviendo uno, consumiendo sabores, olores, ideas y sentires, que nutren el pensamiento y el propio cuerpo.

No es poco el impacto que tiene el hacer política desde allí, dándole valor al arte de cocinar. Las ollas del Paro seguirán siendo las ollas de la casa. Las personas que se están manifestando, muchas veces ya vienen gestando proyectos comunitarios y se unieron al Paro para dar fuerza a este momento específico.

Pero seguramente seguirán trabajando en estos proyectos, desde sus lugares y por mucho más tiempo. Pensar el paro desde esta continuidad entre la coyuntura y la cotidianeidad, es fundamental para que las peticiones no se diluyan en las presiones del momento, sino que trasciendan y aborden las realidades del día a día. De esta manera, se generan posibilidades que incluyen múltiples voces que se escuchan al cocinar y compartir un sancocho, un canelazo o un arroz, y se alejan de la representatividad, en comités parciales que suelen consolidarse fuera de los fogones y de las calles. Si se logran fortalecer esos lazos de comensalidad, es posible confirmar el valor que han mostrado los jóvenes que tiene Colombia para expresar sus posibilidades creativas, cuidadosas, respetuosas, pacíficas y sustanciales.

La fuerza y la vitalidad del tambor

Ocasionar “ruido” y hacer mover al otro, alborotarse, sentir cómo el sonido recorre todo el cuerpo y lo hace retumbar con cada golpe de tambor, con cada sonido de trompeta, con cada arenga, permite recordar cuán valiosa es la existencia, y cómo con cada respiro, se manifiesta cada particular manera de vivir el instante. El resonar de los tambores transporta a lo vital del sonido del corazón, a la manifestación jerarquizada del cuerpo, “la intensidad de estos desbordes es capaz de trastornar la designada economía de los órganos, el ordenamiento jerárquico de los sentidos en el cuadro anatómico del saber” (Ramos, 2010). Vivir, al igual que lo que se experimenta en una manifestación, irónicamente, se asemeja al concepto del filósofo Friedrich Nietzsche, quien menciona que “…vivir es esencialmente despojar, herir, violentar lo que es extraño y débil, oprimirlo, imponerle duramente sus formas propias, asimilarlo o, al menos (ésta es la solución más suave), explotarlo” (Nietzsche, 2013). Justamente ese imponer “sus formas propias”, explotarlo, está identificado con ese vibrar al unísono de un grupo de personas, que también están allí, luchando por un ideal manifiesto en la fuerza que caracteriza a la juventud, mediante formas irruptoras de protestar y de explotar la propia vitalidad.

Dentro de esas otras formas de repertorio de los jóvenes, sonido y vitalidad resultan ser dos palabras que representan la manifestación de rebeldía y libertad que enuncia esta generación siendo parte de un colectivo. En este sentido, los repertorios se convierten en una práctica activa-creativa, un manifiesto de dejar a un lado la propia subjetividad y construir una nueva en lo colectivo. (Foucault, 1980; 1999). En las experiencias de colectivización como son los grupos de batucada se construye esa subjetividad de grupo, pertinente para estos tiempos donde necesitarnos unos a otros en solidaridad recuerda la condición de humanidad.

Foto: Sergio González
Foto: Sergio González

La batucada (término aún no muy familiar en el país), es un ritmo de expresión percutiva originaria de Brasil, con influencia africana. Son un grupo de personas denominado bloco que interpretan este ritmo con sus tambores, caracterizado por su estilo repetitivo y acelerado. El referente musical de este ritmo originario del Brasil se tiene en una de las batucadas más famosas de ese país, Olodum, que en el video de la canción They don’t care about us de Michael Jackson, tiene su protagonismo. En la letra de esta canción se recuerda constantemente su título, “realmente no se preocupan por nosotros”, además de algunos de los problemas que aquejan a Colombia desde hace algunas décadas: abusos de autoridad, violación de derechos, injusticia, hambre, violencia y ansias de libertad.

Por sus ritmos repetitivos, y aparentemente fáciles de ejecutar, las batucadas hicieron que las marchas y las protestas fueran más visibles, notorias, adaptables, populares; con la gente y para la gente, hasta de carácter inclusivo para las personas que simplemente veían las marchas cuál espectáculo, desde la comodidad de sus balcones. Un sinnúmero de sensaciones, experiencias, sentires se abarcan al ejecutar un tambor, y ver cómo ese sonido, que se está ejecutando armónicamente contagia a un montón de público, que anima a seguir tocando con más energía y entusiasmo; es la manera de resistir, de estar con los otros en su lucha.

Las batucadas se viven en las calles, apoyando los distintos movimientos sociales, con sus grandes tambores y su sonido de estruendo, acompañando las marchas, adecuando sus sonidos al ritmo de las arengas, haciendo distintos performances, visibilizando e impactando a las personas que no se han unido a este estallido social. La música del tambor, expresada en el sonido de las batucadas, hace de este tipo de arte, otro modo de protestar, que va más allá de poner el cuerpo o de alterar el orden social establecido. Su ritmo, seguramente, fue más contagioso que el mismo virus circundante en estos tiempos, ya que se puede ver a la gente emocionada pidiendo un tema más, disfrutando, bailando y resistiendo, al ritmo del tambor.

Entre afectos y desencuentros

Que este Paro se haya dado en medio de una pandemia, necesariamente pone sobre la mesa la pregunta sobre cómo se cuida a quienes se movilizan en las calles, y conforman la primera línea, además del personal médico y de todos aquellos que resisten desde sus lugares de trabajo o estudio. Sin embargo, más allá de las estrategias de cuidado y autocuidado que se han establecido en el último año, retomar la afectividad en medio de la movilización, es una defensa de su valor político y social, porque “el impulso afectivo —en cualquiera de sus manifestaciones pasionales, emocionales, sentimentales, etc.—, modela la relación de la comunidad con su pasado, las formas de lectura de su presente y la proyección hacia el futuro posible, deseado e imaginado” (Moraña, 2012, 315). De este modo, desde la afectividad, se vislumbran nuevos destellos en las relaciones entre sociedades y quienes las conforman.

El afecto, entendido como la capacidad de afectar y ser afectado (Moraña, 2012, 318), interviene la vida pública, la transforma y gestiona el conflicto social. No hay decisión alguna que no esté atravesada por la manifestación afectiva, y si a esto se le suma que allí se juega la participación y negociación social, como es el caso del Paro, el surgimiento de múltiples sentires propicia un constante punto de ebullición que tiende a oscilar entre hermanarse con el otro, sentirse acompañado y verse preso del miedo y del enojo, entre muchos otros devenires y desencuentros. 

La efervescencia del momento produce una fatiga afectiva que viene acompañada por un descubrir que el abatimiento no solo se enuncia en primera persona, sino que se difunde con mucha más rapidez, que las formas para contrarrestarlo. Las juventudes han aprendido a leer estos signos, junto a su resonancia política y social, para enfrentar y desenmascarar la censura y el paternalismo, ejercidos contra ellos. En una sociedad que exalta la racionalidad, dejando de lado las otras dimensiones constitutivas del ser humano, la demostración pública del sentir, y su capacidad comunitaria, no son una ganancia menor.

Foto: Tania Liliana Duarte
Foto: Tania Liliana Duarte

Con esta proliferación de sentires, los lugares de la memoria en los que el afecto reside si bien son a veces imperceptibles, son siempre dinámicos. “Por su carácter subjetivo, la memoria nunca se fija; se parece más bien a una obra abierta, a una transformación” (Traverso, 2007, 22). Es así como la memoria individual poco a poco se teje con la memoria colectiva y se afectan mutuamente, porque esta se caracteriza por estar “siempre filtrada por conocimientos adquiridos con posterioridad, por la reflexión que sigue al suceso, por otras experiencias que se superponen a la originaria y modifican el recuerdo” (Traverso, 2007, 22). Tales sentires no habitan un lugar específico, pero redistribuyen el pasado y el presente, bajo las figuras de “la ausencia, la pérdida, la supresión y la desaparición”, palabras que no son ajenas al Paro, ni a la historia colombiana, y que son “figuras rodeadas todas ellas por las sombras de un duelo en suspenso, inacabado, tensional, que deja sujeto y objeto en estado de pesadumbre e incertidumbre” (Richard, 2010, 44). Afecto, memoria y resistencia, no distan mucho entre sí, se entrelazan y bifurcan buscando nuevas formas de renacer en medio de la zozobra. Tramitan el duelo, enfrentan el miedo, y le apuestan a realidades descentralizadas, participativas y reconciliadas.

Conclusión

En este artículo se buscó visibilizar el papel activo y creativo de las juventudes y sus comunidades en dos prácticas utilizadas como formas de protesta en Bogotá y Cali durante el Paro Nacional 2021. A partir de la puesta en escena de estos saberes culturales y artísticos se propicia un reconocimiento y celebración de las diferentes aproximaciones a la protesta social, a la vez que se genera un sentido de pertenencia impulsado por la fuerza cohesiva de los afectos.

Esta perspectiva juvenil ha mostrado que, más allá del enfrentamiento, se necesita agrupación y organización para que los esfuerzos de este Paro sean de largo alcance.  El ruido de las protestas, de los tambores y el olor de la comida recién hecha, no solo se quedan en las calles, pues han sabido hacerse eco en las luchas del día a día. En este sentido, potenciar estos repertorios permite reconocer en la paz un camino en el que es posible juntar saberes, actores y generaciones que tramiten el conflicto social existente.

Bibliografía

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Foto portada: Roxana Charris

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María Alejandra Alfonso Sarmiento

Antropóloga, Pontificia Universidad Javeriana, Asistente de investigación, Instituto de Salud Pública PUJ, Integrante del Semillero de Investigación de la Red Juvenil Ignaciana RJI. Publicaciones: Alfonso A. (2021). Transitar la vía del desarrollo: entre ausencias y envidias. Revista de Antropología y Sociología: Virajes. Alfonso A. (2019) Patrimonio, ¿para qué y para quién? La Plaza del Chorro de Quevedo. Yáwar Revista.

alfonso.sarmiento.maria@gmail.com

Deicy Johanna Giraldo Castellanos

Especialista en Didácticas para lecturas, escrituras y literatura, Universidad de San Buenaventura, Licenciada en filosofía, Universidad Pedagógica Nacional, Integrante del Semillero de Investigación de la Red Juvenil Ignaciana RJI, Integrante de la corporación AAINJAA, Docente de secundaria y media.

jgfilosofa@gmail.com

Daniela Torres Bernal

Estudiante de Estudios Literarios e Historia, Pontificia Universidad Javeriana, Integrante del Semillero de Investigación de la Red Juvenil Ignaciana RJI.

danielatorresb07@gmail.com

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